jueves, 27 de enero de 2011

El más allá entre los acadios y sumerios

Existen mitos tanto acadios como sumerios que fueron recogidos en 4000 tablillas de arcilla escritas con textos cuneiforme, algo que abarcaría desde el año aproximadamente 3500 a.C., hasta la época saleúcida (mitad del siglo III a.C.), en los que se abordan temas relacionados con los rituales, la astrología, la cosmología.

Para el pueblo sumerio, fallecer no significaba, de alguna u otra forma, precipitarse a un mundo donde, el alma del muerto, tenía que llevar a cabo un difícil recorrido a través de un río, franquear siete murallas (un número considerado como mágico), y alcanzar el Arallu, concebido como un infierno que no tenía ni esperanza ni luz.

sumi.jpg

Desde este lugar no había posibilidad de regresar, pues no había ni reencarnación ni renacimiento: tan sólo un final trágico.

En este caso, esa inmortalidad negada para las personas consideradas del pueblo llano, tan sólo pertenece a los dioses.

Y es que, para éstos, la muerte era el inicio de una nueva etapa hacia la evolución cósmica.

Mayas

Al contrario que la mayoría de tribus diseminadas por México y Centroamérica, los mayas se han confinado en conjunto a una zona que incluye la península del Yucatán, Guatemala, Honduras británica, parte de los estados mexicanos de Tabasco y Chiapas, junto con las partes occidentales de Honduras y El Salvador; por lo tanto, el ciclo evolutivo del pueblo maya se desenvolvió exclusivamente en las zonas señaladas.

Después de cada incursión, el pueblo maya volvía al territorio del que había partido, como se ve el “Popol Vuh”, la trágica epopeya del pueblo maya-quiché, que es el único documento que conocemos hoy día y es digno de crédito, pese a que reúne la mitología, la cosmogonía y la relación de las migraciones y la crónica de los reyes del pueblo, consistente en una compilación escrita por autores nativos.

Fue encontrado en Chichicastenango, a fines del siglo XVII, por el fraile dominico Francisco Jiménez, quien lo tradujo al español y le agregó notas.

Este admirable libro sagrado es fruto de la imaginación y la sabiduría, donde la historia se confunde con la leyenda y lo real con lo mítico. Los cuatro personajes, Balam-Quizé, Balam-Acak o Balam-Ayrab (el tigre de la noche), Mojucutaj e Iqui-Balam, simbólicamente creados por las divinidades como primeros padres, pasan a ser caudillos y fundadores de pueblos o clanes (respectivamente de Chavec, de Ahuquicé y de Tamut o de Illorath, para después volver a divinizarse.

Practicaban el rito del “nahualismo” que en realidad no es más que el “totemismo” con ligeras diferencias de detalle. Pero en la mitología maya, a pesar de ser tan numerosa como complicada, no puede dejar de observarse el espíritu monoteísta que la anima cumpliéndose la ley de la evolución religiosa.

El hombre animal

Mientras los Formadores trabajaban, pensaron que cuando se hiciera la claridad, tenía que aparecer un ser que los invocara y para ello debía saber hablar, nombrar. Y habría de comer, beber y respirar. Para el futuro ser, crearon un mundo adecuado que tenía tierra, agua, aire, plantas y animales. Y estando terminada la creación dijeron a los animales: “Hablad y alabadnos”.

Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y graznaban; no se manifestó la forma de su lenguaje y cada uno gritaba de manera diferente. Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí: ”No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no está bien”. Entonces se les dijo:”Seréis cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer: vuestro alimento, vuestra postura, vuestra habitación y vuestros nidos, los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Vosotros aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas”. Y los animales sirvieron para alimento unos de otros.

El hombre de barro

Entonces, al acercarse la aurora se dijeron que debían apurarse y realizar otro intento. De tierra, de lodo hicieron la carne del hombre. Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener. Entonces deshicieron su obra y discutieron en concejo.

El hombre de madera

Decidieron hacer un hombre de madera y procedieron. Al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra. Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijos e hijas, pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas. Ya no se acordaban del corazón del Cielo y por ello cayeron en desgracia.

Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos.

Enseguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo y recibieron la muerte. Una inundación fue producida por el corazón del Cielo; un gran diluvio se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo. Llegaron entonces los animales pequeños, los animales grandes y los palos y las piedras les golpearon las caras. Se pusieron todos a hablar: sus ollas, sus platos, sus perros, sus piedras de moler, todos se levantaron y les golpearon las caras. Desesperados, corrían de un lado para el otro; querían subirse sobre las casas y las casas se caían y los arrojaban al suelo; querían subirse sobre los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar en las cavernas y las cavernas se cerraban ante ellos. Así fue la ruina de los hombres que habían sido creados y formados, de los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados. A todos les fueron destrozadas las bocas y las caras. Y dicen que la descendencia de ellos son los monos que existen ahora en los bosques. Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una generación de hombres creados, de hombres formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera.

El hombre de maíz

Los Formadores conversaron y decidieron poner alimento y bebida saludable en el interior del ser humano; por ello de maíz blanco y amarillo formaron su carne y prepararon líquidos con los que hicieron su sangre, produciendo su gordura y vigor. Y como tenían apariencia de hombres, hombres fueron; hablaron, conversaron, vieron y oyeron, anduvieron, agarraban las cosas; eran hombres buenos y hermosos.

Fueron dotados de inteligencia; vieron y al punto se extendió su vista, alcanzaron a ver todo lo que hay en el mundo. Las cosas ocultas por la distancia las veían todas sin tener primero que moverse. Acabaron de ver cuanto había en el mundo. Luego dieron gracias al Creador y al Formador: “En verdad os damos las gracias dos y tres veces. Hemos sido creados, se nos ha dado una boca y una cara, hablamos, oímos, pensamos y andamos; sentimos perfectamente y conocemos lo que está lejos y lo que está cerca. Vemos también lo grande y lo pequeño en el cielo y en la tierra...”.

Acabaron de conocerlo todo y examinaron los cuatro rincones y los cuatro puntos de la bóveda del cielo y de la faz de la tierra. Pero el Creador y el Formador no oyeron esto con gusto: “No está bien lo que dicen nuestras criaturas, nuestras obras; todo lo saben, lo grande y lo pequeño”, dijeron. Y así celebraron concejo nuevamente los progenitores: “¿Qué haremos ahora con ellos? ¡Que su vista alcance a lo que está cerca, que sólo vean un poco de la faz de la tierra! No está bien lo que dicen, ¿acaso no son por su naturaleza simples criaturas y hechuras nuestras? ¿Han de ser ellos también dioses?”. Así dijeron, así hablaron e inmediatamente cambiaron la naturaleza de sus obras, de sus criaturas.

Entonces el corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los cuales se empañaron como cuando se sopla sobre la luna de un espejo. Sus ojos se velaron y sólo pudieron ver lo que estaba cerca, sólo esto era claro para ellos. Así fue destruida su sabiduría y todos los conocimientos de los hombres, origen y principio de la raza Quiché... Allí estaban sus mujeres, cuando despertaron y al instante se llenaron de alegría sus corazones a causa de sus esposas.

La religión de los mayas

Según algunos expertos, éstos poseían cuatro dioses principales o “Bacabs”, correspondientes a los cuatro puntos cardinales. Probablemente creían en un gran dios creador, conservador y bienhechor, que quizá corresponda al Nohochacyunt o Nohochyumchac. Nacido de dos flores, la chacnicte y la zacnite, se encontraba por encima de los demás dioses y en lucha continua con Hapikern, un dios malvado, encarnado en forma de serpiente, que al fin del mundo será vencido.

El buen dios mencionado tiene tres hermanos: Jautho, Usukun y Uyitzin y junto a ellos se venera a la diosa madre Akna, correspondiente a la antigua Izchel y esposa de Chichacchob o Akanchob.

Después de estas divinidades surge el nombre de Itzamna, cuyo culto tenía su centro en Itzamal, donde había dos templos principales erigidos en las dos pirámides mayores de la población, en los que se ofrecían presentes y sacrificios. Este dios se hallaba estrechamente relacionado con el dios Sol y estaba asociado a otros dioses menores, entre los cuales se contaba el dios del maíz. Incluso se le adoraba como hijo del sol.

Itzamna pasaba por dios o héroe civilizador, inventor, entre otras cosas, del arte de dibujar y de la escultura jeroglífica.

Con el nombre de Cuculcán (o Kukulcán), los mayas adoraban en Guatemala a una divinidad simbolizada por una serpiente con plumas. Sus ondulaciones representaban las ondas del agua, del aire y, en general, de las misteriosas fuerzas del Universo. La historia mítica dice que en cierta ocasión, Cuculcán llegó del Oeste con diecinueve compañeros, de los cuales dos eran dioses de los peces, otros dos lo eran de la agricultura y uno más dios del trueno. Permanecieron diez años en Yucatán, donde Cuculcán estableció unas leyes sabias y prudentes. Luego, se embarcó y desapareció hacia donde el sol se levanta.

Los mayas, lo mismo que los aztecas, creían en las cuatro eras sucesivas terminadas por cataclismos. La anterior a la actual habría acabado con un diluvio.

Otro templo estaba dedicado a Kinich-Kakmo (ara del fuego solar).

Durante la celebración de la principal de estas ceremonias se reunían todos los personajes de importancia y los sacerdotes de Mani con una muchedumbre preparada con ayunos y abstinencias. Por la tarde salían en procesión con gran número de comediantes de la mansión del príncipe y avanzaban lentamente hasta el templo de Cuculcán, donde oraban, veneraban a sus ídolos, hacían renovación del fuego sagrado y realizaban abundantes obluciones de carne, mientras los que habían ayunado pasaban cinco días con sus noches en fervorosa oración y ejecutando danzas sagradas.

Los antiguos mayas se extraían sangre de diversos puntos del cuerpo, especialmente del miembro viril, de las orejas y la lengua.


En un momento impreciso de la historia del pueblo maya apareció en su mitología un personaje, que aún no está claro si fue un jefe religioso, un reformador o un caudillo, que tuvo acceso al panteón maya hasta el punto de figurar en todas las sucesivas génesis junto a Itzamná, el señor de los cielos. Se llamaba Kukulkán o Quetzalcoatl, que en maya y tolteco significa “serpiente emplumada”.

La leyenda recogida por primera vez por Diego de Landa, narra que ese personaje llegó a la península del Yucatán desde México, desembarcando en la comarca situada entre Champotón y Punta Aguada. Con los itzás (“los de habla retorcida”), que poblaron Chichén Itzá (“la boca del pozo de los itzá”), reinó un gran señor llamado Kukulkán, que era, al parecer, un hombre hermoso, el cual no se casó ni tuvo hijos.

Tras su regreso, lo adoraron en México y el Yucatán. Este misterioso personaje tenía la piel blanca, era seguido por unos veinte mandatarios religiosos en funciones de sacerdotes, e importó nuevos conceptos de religión.

Japoneses

Los rasgos naturales y el clima de la tierra habitada por un pueblo tienen una gran influencia sobre su actividad formadora de mitos. Los japoneses siempre fueron susceptibles a las impresiones de la naturaleza, sensibles a los diversos aspectos de la vida humana y dispuestos a aceptar las sugestiones extranjeras.

La susceptibilidad de la mente del pueblo ante su ambiente se demuestra en el temprano advenimiento de una poesía en la que se canta la belleza de la naturaleza y el patetismo de la vida humana, el amor y la guerra. Esta poesía temprana es sencilla en su forma y muy ingenua en sentimiento, pero es emotiva y delicada. El pueblo se sentía en armonía con los aspectos cambiantes de la naturaleza, exhibidos en los fenómenos de las estaciones, en las variedades de la flora, en los conciertos de los pájaros e insectos cantores.

Sus sentimientos hacia la naturaleza siempre se expresaron en términos de emociones humanas; se personificaron las cosas de la naturaleza y los hombres fueron representados como seres vivos en el corazón de dicha naturaleza. Los hombres y la naturaleza estaban tan cerca entre sí que los fenómenos personificados nunca quedaron disociados de sus originales naturales.

La propensión de la gente a contar historias y a utilizar mitológicamente sus propias ideas sobre los fenómenos naturales y sociales añadió más material mítico al de los archivos de datos oficiales. Parte de ello, sin duda, fue introducido por los inmigrantes de otras tierras y son, por lo tanto, extrañas a las tradiciones primitivas de la raza.

Religiosidad


Shinto: La primitiva religión de ese pueblo se llamaba Shinto (o bien, Sinto, Shintoísmo o Sintoísmo) que significa “Camino de los Dioses” o “Espíritus”.

Esta creencia se remonta a una visión animística del mundo, asociada con el culto tribal de las deidades del clan. Se emplea aquí la palabra animismo para indicar la doctrina de que las cosas de la naturaleza están animadas, igual que nosotros, por un alma o por una clase especial de vitalidad.

Viendo el mundo bajo esta luz, los japoneses lo veneran todo, tanto un objeto natural como un ser humano, siempre que lo venerado parezca manifestar un poder o una belleza inusuales.

Cada uno de esos objetos o seres se llama “kami”, una deidad o espíritu. La naturaleza está habitada por una cohorte infinita de esas deidades o espíritus y la vida humana se halla estrechamente asociada con sus pensamientos y acciones. Al genio de un monte que inspire temor se le llama deidad del monte y puede ser considerado al mismo tiempo con el progenitor de la tribu que vive al pie de la montaña o, sino como el antepasado, si puede al menos ser invocado como el dios tutelar de la tribu.

Por consiguiente, la religión shinto es una combinación de adoración a la naturaleza y culto ancestral y en la mayoría de casos el mito-naturaleza es inseparable de la historia relativa a la deidad ancestral y la de su adoración, porque la curiosidad por saber los orígenes de las cosas actúa con enorme fuerza tanto hacia el mundo físico como hacia la vida individual y social de cada uno.

Por este motivo las tradiciones shinto combinan la poesía sencilla de la naturaleza con las especulaciones filosóficas acerca del origen de las cosas. Estos dos aspectos del shinto se hallan tremendamente mezclados en los cultos comunales existentes y han dado lugar a muchos mitos y leyendas locales. En tales historias la fantasía desempeña un papel preponderante, pero nunca hay exclusión de la creencia religiosa. Esto se debe a la tenacidad de las leyendas del shinto entre la gente.

Budismo y taoísmo: Si el budismo estimula la imaginación que se refiere a los lazos que relacionan nuestra vida con otras existencias, el taoísmo representó y representa el genio poético y la tendencia romántica del valle chino de Yutzu en contraste con los rasgos prácticos y sobrios del chino del norte, representados por el confucianismo. Este enfatiza de modo especial la necesidad de volver a la naturaleza, entendiendo por esto una vida liberada de todas las taras humanas, de todos los convencionalismos sociales y de todas las relaciones morales.

Su ideal consiste en alcanzar, a través de un entrenamiento persistente, una vida en comunión con el corazón de la naturaleza, “alimentándose con las ambrosiacas gotas del roció, inhalando neblinas y éter cósmico”.

El taoísta que alcanza esta condición ideal se llama Sennin u “Hombre de la montaña” y se supone que ronda libremente por los aires, llevando una vida inmortal. El ideal de la existencia inmortal estuvo (y está) a menudo combinado con el ideal budista de una emancipación perfecta de las pasiones humanas y esta religión de misticismo naturalista fue el origen natural de muchos relatos imaginarios de hombres y superhombres que vivieron en el “corazón de la naturaleza” y llevaron a cabo sus hazañas milagrosas en virtud de su merito religioso.

Aparte de los milagros atribuidos a esos “hombres de las montañas, algunas de las personificaciones populares de objetos naturales deben su origen a una combinación de creencias taoístas con el naturalismo budista, representada por la escuela Zen.

El ambiente físico de los japoneses y las influencias religiosas que se han mencionado fueron favorables a un crecimiento opulento del cuento y la leyenda en que los fenómenos de la naturaleza eran personificados y desempeñados libremente por la imaginación. Sin embargo, hubo una fuerza contraria: el confucianismo.

Zen: El zen no es tanto una filosofía, sino más bien una experiencia que hay que vivir plenamente en la vida diaria. Los maestros zen enseñan que lo que llamamos pensar consiste a menudo en una serie de asociaciones de ideas y que la meditación encubre a veces una huida de las responsabilidades de la vida. Enseñan a dominar el mundo mental por medio de las “koan”, paradojas aparentemente insolubles que, de pronto, se aclaran debido a una iluminación que limpia por completo el espíritu. Sin que ello signifique repudiar la inmovilidad concentrada de la postura (zazen), los auténticos sabios se entregan a sus ocupaciones, cualesquiera que sean, con notable eficacia, puesto que aplican a ellas la atención selectiva que han desarrollado.

Confucianismo: Las enseñanzas de Confucio fueron racionalistas y su ética tendía a coartar la imaginación humana y a limitar la actividad del ser humano a la esfera de la vida cívica. Aunque la influencia de las ideas de Confucio quedó limitada en el Japón antiguo a las instituciones sociales y cívicas, esas ideas no desalentaron el desarrollo de las creaciones imaginativas y folclóricas.

Había mitos y leyendas en la China antigua, pero Confucio los despreció y ridiculizó. Los literatos confucianistas del Japón, a su vez, consideraron con desdén esos cuentos románticos. Especialmente durante los trescientos años existentes entre los siglos XVII y XIX, el completo dominio de la ética confucianista como la moral normal de las clases rectoras, significó un enorme obstáculo para el desenvolvimiento natural del poder imaginativo de la raza.

Sin embargo, las antiguas tradiciones se conservaron en el pueblo y en Japón existe por eso una gran cantidad de mitos y leyendas casi sin rival en las demás naciones.

Creencias relativas al alma

Se concebía el alma como una bola, tal como indica su nombre “tama-shii” o “bola de viento”. Se componía de dos ingredientes o funciones: una suave, refinada y feliz y la otra tosca, cruel y vigorosa. El primero siempre está junto al cuerpo, pero la segunda puede abandonar y/o funcionar más allá de la comprensión de la persona a la que pertenece.

Se decía que el Gran Amo de la Tierra vio en cierta ocasión, ante su enorme asombro, a su “alma tosca”, viniendo del mar y que esa alma era el agente principal de sus logros. Sin embargo, se ignora si todos los individuos poseen un alma o sólo los hombres que tienen un poder y una capacidad especiales.

Sea como fuere; el alma es una existencia que se halla más o menos fuera de los confines del cuerpo, aunque también se ignora si el alma, después de la muerte del cuerpo, va necesariamente a una de las moradas futuras.

Las antiguas creencias sobre el alma, por lo tanto, eran vagas y poco importantes, siendo principalmente bajo la influencia china y budista, de forma especial de la última, que los japoneses definieron y elaboraron ideas acerca del alma y de su futuro destino.

Así, el budismo negaba un lugar de descanso permanente del alma y enseñaba un proceso de cambio en un carácter moral del hombre. La mitología budista está llena de detalles minuciosos acerca de la peregrinación del alma hacia y desde esos reinos y se creía que se aparecían a los seres humanos los fantasmas de los que deambulan con incertidumbre entre tales reinos.

Uno de los cuentos mas populares respecto a los vagabundeos del alma dice que hay un río en cuya orilla el alma puede decidir donde ha de ir. El río se llama “Sanzu-no-kawa” (río de las Tres Rutas), porque los senderos salen en tres direcciones; uno al infierno, el segundo hacia la vida animal y el tercero al reino de los “fantasmas hambrientos”.

Pero, el fantasma que tenía un gran papel en el folclor era el que no era bastante bueno para ir al mundo celestial ni bastante malo para ser condenado a un castigo eterno. Un alma de esa clase, la que estaba en “chuu”, o sea en los estados intermedios, hacia apariciones fantasmagóricas, a veces como una figura humana, pero sin piernas y con una palidez cadavérica.

Lugares sagrados

Cualquier lugar se considera sagrado si tiene alguna tradición de dioses, espíritus, hadas y antepasados relacionados con ese inframundo y dichos lugares son señalados y consagrados según las costumbres de la antigua religión shinto.

Todo el país está lleno de esta clase de santuarios; cada localidad posee al menos uno y todos tienen sus leyendas o historias. A menudo, son muy semejantes tales historias, aunque cada una se conserva celosamente no sólo en una tradición oral sino mediante las observancias y festividades religiosas entre la comunidad a la que pertenece. En realidad, cabe decir que el pueblo japonés todavía vive en una época mitológica: en efecto, la religión shinto enseña que ese país es la tierra de los dioses, que incluso hoy día viven entre los humanos y vuelan por los cielos entre los bosques o bien en los altos montes.


Incas

Amanece en las cumbres andinas y la “Procesión de los muertos vivientes” camina solemnemente por la Plaza Sagrada de Cuzco (Perú), la ciudad de los incas, en el altiplano.

Llevados en andas desde palacios cercanos, los cuerpos embalsamados de los emperadores llegan al patio frontal del majestuoso Templo del Sol. Una vez ahí, los acomodan en unas bancas, frente a la procesión de emocionados devotos… Es el mes de junio, o de Inti Raimi, Festival del Sol. Diariamente, los sacerdotes visten a las momias con lujosas galas, pues esos cuerpos sagrados son el centro de la celebración.

Frente a los muertos vivientes, cien llamas de prístino color blanco, con arneses dorado y escarlata, son consagradas y sacrificadas al Sol. Posteriormente, su carne será asada para alimentar a los asistentes. Miles de jarras de chicha recién destilada se beben en la plaza pública; se canta y se baila hasta el oscurecer. Luego, colocan las momias en nichos del templo, listas para las festividades del día siguiente.

En esta solemne ocasión, preside el festival el Sapa Inca (supremo inca o emperador), quien rara vez se deja ver en público. Los ciudadanos comunes tienen prohibido verle el rostro y cuando los nobles de la ciudad lo visitan en palacio cargan canastas sobre la espalda para demostrarle que ante él son humildes.

Cuando un emperador muere, se embalsama el cadáver: la momia será luego dispuesta sobre el trono, en el palacio repleto de tesoros que habitó en vida y que (según la creencia inca) sigue habitando después de la muerte. Con el tiempo, se le unirá el cuerpo petrificado de la “coya”, o emperatriz, que generalmente era también su hermana.

El emperador inca podía tener cientos de concubinas, muchas de ellas parientes cercanas; otras provenían de familias nobles de los territorios conquistados. Pero la esposa principal debía ser una mujer de su mismo rango y sólo su hermana podía tenerlo. Ya muerta, la emperatriz yace obediente junto al emperador.

La ciudad inca

La palabra “inca” designó, en primer lugar, a una tribu; se aplicó luego a la aristocracia y a la clase dirigente y correspondió al jefe, al monarca. El inca era el representante sagrado, el hijo incluso, del dios-sol convertido en divinidad suprema a partir de Pachacutec.

El imperio incaico fue una monarquía teocrática, cuyos inicios se remontan a la visión del dios-sol que tuvo Manco Capac, el primer inca. En su apogeo, se extendió desde Quito (Ecuador) a Valparaíso por Chile, sobre un territorio mucho mayor que el del actual Perú.

Originalmente los incas eran una tribu montañesa que surgió en los Andes hacia el año 1000 d.C. Culturalmente alcanzaron la cúspide con el emperador Pachuti y su hijo sucesor Topa, quienes rigieron el imperio en expansión durante casi todo el siglo XV.

Ambos lograron conjugar decenas de tribus (que a veces hablaban dialectos o lenguas distintos) en una sociedad estable y muy organizada, de unos 12 millones de habitantes. El monarca era adorado como Hijo del Sol, un dios viviente cuya palabra era la ley.

En la Antigüedad, la ciudad de Cuzco (“ombligo”), era una aldea fluvial de chozas de barro, pero llegó a convertirse en una metrópolis con magníficos palacios y templos. Los albañiles incas construían los edificios principales con masivos bloques de roca, ensamblados con tanta precisión que ni siquiera un cuchillo podía entrar en las uniones.

La capital inca tenía la forma de un puma o león de montaña. La cabeza estaba representada por la imponente fortaleza de Sacsahuamán, en el norte de la ciudad, la cola estaba formada por los alargados jardines públicos en el sur, el corazón del felino era Huacapata, la Plaza Sagrada donde se erguía en Templo del Sol. Dentro del puma había una red de estrechas calles pavimentadas, cada una dotada de un canal de piedra por donde corría agua fresca de las montañas. Esto dotó a Cuzco de un drenaje de primera clase, así que los ciudadanos observaban una estricta higiene en sus hogares. Además, los habitantes también se bañaban regularmente en los ríos Huatanay y Tullumayo.

Visón de mundo

Los incas dividían al universo en tres planos o niveles intercomunicables: El “Janan Pacha”, que equivalía al cielo y era el lugar de residencia del sol, la luna, las estrellas y los astros restantes; el “Kay Pacha”, que era la Tierra, donde residía el hombre, los animales, los vegetales y los espíritus terrestres; y, por último, el “Ucju Pacha” o el subsuelo, lugar de residencia de los muertos, los espíritus malignos y los gérmenes de las enfermedades.

Los dioses

Los incas desarrollaron una verdadera religión del estado. Se trajeron de sus conquistas ídolos que veneraron en la capital como divinidades inferiores. Sin embargo, dentro de este sistema teocrático, persistieron una religión popular y ciertas religiones étnicas.

Las divinidades eran: Inti, dios-sol, a quien remonta su origen la familia imperial inca y que durante mucho tiempo fue el dios principal, y Viracocha, “el dios” por antonomasia, el ser supremo, que dominó el panteón a partir de Pachacutec y que, si bien facilitó la integración religiosa del imperio, era inaccesible para el hombre corriente.

Sobre el oro, Viracocha y el Coricancha

Los incas se distinguieron por su arte ornamental en oro, al que llamaban “el sudor del sol” y en plata llamada “lágrimas de la luna”. Una de sus creaciones más destacadas, el Templo del Sol, se halla en el Coricancha (Cuzco).

Tenía un jardín hecho enteramente de oro y plata, con figuras de aves y llamas en tamaño natural y réplicas de maizales con tallos de plata y granos de oro. Para subrayar la importancia del sol como deidad máxima, el inca Pachacuti hizo construir este Templo del Sol.

Viracocha (o Huiracocha), cuyo nombre significa “espuma del mar”) era una gran deidad inca; emergió del lago Titicaca después de haber creado el cielo y la tierra, luego de lo cual dio a la luz a dos humanidades. La primera, fue destruida por él mismo y convertida en piedra.

La figura del dios Viracocha surge, en la religión incaica, envuelto en un halo de misterio como creador, héroe civilizador, formador y transformador. Se le solía denominar Viracocha Pachayachachic, “creador universal”, o Apu-Kon-Tiki-Viracocha, “la divinidad superior a todas las demás”.

En la cosmogonía incaica es dios primordial del líquido elemento y creador del sol, de la luna y las estrellas, aunque no del hombre, que ya existía. No obstante, creó después menos hombres, tallándolos en piedra dentro de las cavernas, para tener un ejército que conquistara el valle de Cuzco, donde fundó la ciudad.

La tradición indica que, por último, al regresar de varios combates contra las mismas criaturas, que se rebelaron, se encaminó al mar y desapareció bajo las aguas, prometiendo su regreso.

Creencias, prácticas y cultos

Los incas adoraban al sol y a una multitud de dioses y eran muy supersticiosos. Creían que cada persona tenía un “huaqui” o espíritu de la guarda, que cuidaba su bienestar.

Igualmente veneraban objetos y lugares sagrados llamados “huacas” que podían ser guijarros, piedras, cuevas, llanos y manantiales, así como estructuras artificiales, como puentes y casas.

En 1530, una serie de augurios predijeron la caída de imperio. Tres años después Atahualpa, el último emperador inca, fue capturado y mandado matar por el conquistador español Francisco Pizarro. Así terminó casi un siglo de poder y prosperidad.

Los sacerdotes incas también eran médicos y cirujanos, diestros en amputar miembros gravemente lastimados o gangrenados; sabían cauterizar las heridas para evitar infecciones.

Poseedores de conocimientos anatómicos desconocidos en Europa, al igual que los aztecas, los médicos incas practicaban trepanaciones en cráneos fracturados accidentalmente o en acciones de batallas.

En operaciones de este tipo, se extraían las astillas del hueso roto, anestesiaban a los pacientes con drogas a base de coca o con grandes cantidades de chicha, hasta obtener la inconsciencia. También recurrían a la hipnosis. Perforaban el cráneo con filosas hojas de obsidiana montadas en un mango, que giraban mediante un mecanismo semejante a un arco con cuerda. La incisión tenía unos 2,5 cm. de diámetro, lo cual permitía la extracción del hueso roto, para aliviar así la presión sobre el cerebro. Luego volvían a colocar cuidadosamente el cuero cabelludo y se vendaba la herida con material de fibra.

Apachito es una denominación incaica de las ofrendas. El apachito era un montículo de piedras colocado en un sitio peligroso del camino. Allí los viajeros hacían un alto y oraban por su seguridad, sumando otra piedra al montículo y depositando en ocasiones algo de escaso valor, por ejemplo: un trozo de género usado, un poco de coca o un puñado de paja.

Vida de ultratumba

Los aborígenes peruanos admitían la esencia inmortal del alma y una vida de ultratumba. Cuando moría un inca o un personaje de abolengo, con él habían de morir, sus mujeres y esclavos, a fin de acompañarle al más allá, generándose en ocasiones, enormes sacrificios humanos.

En determinados aniversarios, se exhibían vasijas llenas de alimentos y bebidas, consagrados a los espíritus errabundos. Se suponía que los difuntos gozaban de una placentera segunda vida, alimentándose y paseando por regiones etéreas imprecisas. Según algunos indígenas, los muertos moraban en Upamarca o el país del silencio, tras cruzar un ancho río a lo largo de un estrecho puente o con la ayuda de unos perros negros sacrificados para ello en los funerales.

Los cadáveres no eran inhumados, sino momificados, depositándoselos en criptas o capillitas. Las doctrinas incaicas estatuían que las almas de los incas ascendían al sol, las de los poderosos al mundo superior y las del vulgo a los espacios intermedios. Tenían una segunda vida como provisoria, confiando en una resurrección terrena. Por tal circunstancia, se conservaban los cadáveres.

El número cuatro tuvo significación litúrgica y misteriosa para los aborígenes peruanos. Su mundo se componía en cuatro partes y el Perú, de cuatro calles, nobles y plebeyos y la población, las cuatro nacionalidades de antis, cuntis, chinchas y colas; se celebraban cuatro fiestas mayores y por la luna nueva, una fiesta de cuatro días.

Inti, Pachacamac y otros dioses

Machu Picchu

Desde que fuera redescubierta el 24 de julio de 1911 por el norteamericano Hiram Bingham, Machu Picchu (Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1983) ha sido considerada, por su asombrosa magnificencia y armoniosa construcción, como uno de los monumentos arquitectónicos y arqueológicos más importantes del planeta.

Resulta relativo indicar la época del primer poblamiento de estos territorios, pues no se puede hablar de fundaciones sino más bien de ocupaciones. Muchos exploradores antes de Hiram Bingham trataron de descubrir este Santuario Histórico, ya que habían oído hablar de él, sin embargo no alcanzaron el éxito que posteriormente tuvo el norteamericano. En la fecha indicada arribó Bingham con especialistas de la Universidad de Yale en topografía, biografía, geología, ingeniería y osteología.

Ellos fueron conducidos hasta el lugar por Melchor Arteaga, un habitante de la zona quien le dio derroteros de cómo llegar hasta lo que hoy se considera la octava maravilla del mundo.

Posteriormente, en 1914, Bingham vuelve a Machu Picchu con apoyo económico y logístico de la propia universidad y la Sociedad Geográfica de los Estados Unidos al frente de un equipo especializado y con una publicación que ya circulaba por el mundo: “La Ciudad Perdida de los Incas”.

En el plano original, Bingham sectoriza Machu Picchu de acuerdo a la orientación cardinal. Algunos nombres conservan su originalidad, pero luego de varias décadas de descubrimiento, los estudios científicos realizados por el patronato de arqueología del Instituto Nacional de Cultura han llegado a valiosas conclusiones sobre el uso y las funciones de los edificios en base a las excavaciones y relación arquitectónica con edificios similares del amplio estado inca.

Localizada a dos mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar en la provincia de Urubamba, departamento de Cuzco, Machu Picchu (“cumbre mayor”) sorprende por la forma en que las construcciones de piedra se despliegan sobre una loma estrecha y desnivelada, en cuyos bordes se camina y se puede observar que a cuatrocientos metros abajo está el río Urubamba, entre otras fascinaciones.

Es una ciudadela rodeada de misterio, porque hasta ahora los arqueólogos no han podido descifrar la historia y la función de esta pétrea ciudad de casi un kilómetro de extensión, erigida por los incas en una mágica zona geográfica, donde confluyen lo andino y lo amazónico. Los turistas que visitan esta reliquia natural quedan convencidos de que quizás el misterio nunca sea develado del todo porque hasta ahora, sólo existen hipótesis y conjeturas.

Para algunos, fue un puesto de avanzada de las proyecciones expansionistas incaicas; otros creen que fue un monasterio, donde se formaban las niñas (“acllas”) que servirían al Inca y al Willac Uno (sumo sacerdote). Esto se presume porque de los ciento treinta y cinco cuerpos encontrados en las investigaciones, ciento nueve fueron de mujeres.

La sorprendente perfección y belleza de los muros de Machu Picchu (construidos uniendo piedra sobre piedra, sin cemento ni pegamento) han hecho surgir mitos sobre su edificación. La tradición oral cuenta que un ave llamada Kak`aqllu, conocía la fórmula para ablandar las piedras, pero que por un mandato, quizás de los antiguos dioses incaicos, se le arrancó la lengua. También se dice que existía una planta mágica que disolvía la roca y podía compactarla. Junto a estos mitos hay que destacar sus plazas, sus acueductos y torreones de vigilancia, sus observatorios y su reloj solar; conjunto de evidencias de la sabiduría y técnica de los constructores andinos.

También está el Huayna Picchu que está ubicada en lo alto de la montaña joven con un camino difícil y con pequeños templos. En este punto es donde se logra la mejor vista de la ciudadela. Otros atractivos son el Grupo de la Roca Sagrada, Las Puertas, Las Fuentes y el Mausoleo o Tumba.

Existen tres formas conocidas para llegar a Machu Picchu. La primera de ellas es la tradicional (en un tren “un poco” antiguo), con una duración de tres ó cuatro horas dependiendo de cómo esté “su ánimo”; la segunda para quienes gustan del turismo aventura es la ruta del Camino del Inca, caminata que requiere de gran esfuerzo durante cuatro días como mínimo. Y la más novedosa (¡y cara!) es llegar hasta el pueblo de Aguas Calientes en helicóptero.

Intihuatana, piedra que captura el sol

Uno de los lugares más extraños y fascinantes de todo Machu Picchu es la famosa Intihuatana, una estructura monolítica que se encuentra al oeste de la plaza central de la urbe, en una colina conformada por varias terrazas y andenes, donde se llega luego de subir 78 delgados escalones finamente labrados (y que bajarlos requiere de buen estado físico... o de los amables brazos del guía).

Se dice que el Intihuatana cumplió las funciones de medición del tiempo (solsticio y equinoccio) por efecto de luz y sombra y como roca altar.

Rolf Muller, profesor de Astronomía en la ciudad americana de Postdam, a lo largo de sus estudios realizados a mediados de los años ochenta, encontró pruebas convincentes para demostrar que la ciudad peruana fue elegida con un marcado carácter astronómico. Muller decía que si prolongamos los lados largos de esta Intihuatana daríamos con el lugar exacto sobre el cual se sitúa el sol el día del solsticio de verano. Según estos cálculos a los que hay que sumar otros relacionados con diferentes lugares de Machu Picchu, Muller llegó a la conclusión de que la ciudad debió ser construida en algún momento entre el 4000 y el 2000 a. C, retrasando así en casi cuatro mil años la fecha propuesta por la historia tradicional.

También sobre célebre Intihuatana realizaron sus trabajos los investigadores Dearborn y White. La presencia en lo más alto del monumento de un curioso “gnomon” (un ingenio pensado para medir las horas solares) pareció demostrar que esta construcción fue realizada para situar el punto más alto del sol en el cielo. El lugar conocido como el Torreón posee una gran pared de forma semicircular, en donde podemos encontrar dos ventanas y otra recta con la llamada puerta de la serpiente.

El investigador Jesús Galindo, contradiciendo las exageradas cronologías de Muller, ha demostrado que una de las ventanas de el Torreón mira hacia la constelación de las Pléyades según su ubicación hacia el 1500 de nuestra era. De la misma forma, esta ventana está alineada con un pequeño altar existente en la parte del Torreón señala al punto de salida del sol en el solsticio de invierno en la misma época.

Hindúes

El budismo se originó en la India, pero pronto se extendió a otros países del sudeste asiático, donde se ha convertido en la principal manifestación religiosa cultural. El pensamiento budista comparte con el hinduismo su visión cósmica del tiempo, en la que se incluye la transmigración de las almas.

Gautama Buda nació en el norte de la India en el siglo VI a.C. y la historia de su vida se ha convertido en una leyenda que ilustra los más importantes preceptos del pensamiento budista.

El espíritu de Buda se apareció durante un sueño a la reina Maya de Kapilavastu: un elefante que flotaba sobre una nube, símbolo de la fertilidad, dio tres vueltas en torno a ella y después penetró en su vientre…

El príncipe Siddhartha

Se dice que el nacimiento de Siddhartha fue milagroso. En el momento de su concepción todo el universo mostró regocijo por medio de milagros: los instrumentos musicales sonaban sin que nadie los tocase, los ríos dejaron de fluir para contemplarlo y los árboles y las plantas se cubrieron de flores. El niño nació en el seno de una familia real, sin que su madre sufriera ningún dolor; de inmediato comenzó a caminar y en los lugares en que su pie tocaba la tierra surgía un loto.

Su madre murió de dicha al séptimo día de haberle dado a luz, pero la hermana de su madre se convirtió en una devota madre adoptiva. Por eso, el joven príncipe pasó la niñez en medio de amor, dicha y riqueza.

Cuando el príncipe tenía 12 años, el rey convocó un concilio de brahmanes. Estos profetizaron que si el príncipe contemplaba el espectáculo de la ancianidad, la enfermedad y la muerte, se dedicaría al ascetismo. El rey prefería que su hijo heredara el trono y fuese un soberano gobernante, en lugar de ser ermitaño.

Los suntuosos palacios con sus vastos y bellos jardines fueron rodeados con murallas triples y la mención de las palabras “muerte” y “dolor” estaba prohibida.

Cuando Siddhartha llegó a la edad adulta, el rey decidió que el modo más seguro de obligar a su hijo era por medio del matrimonio y la vida familiar. En consecuencia casaron a Siddhartha con la hija de uno de los ministros del rey. Al poco tiempo la recién casada quedó encinta. Pero con la misma prontitud y, a pesar de los esfuerzos de su padre, la vocación divina de Siddhartha despertó en él. La música, la danza y las mujeres bellas dejaron de afectar sus sentidos y por el contrario, parecía que le señalaban la vanidad y transitoriedad de la vida humana. Cierto día, el príncipe llamó a su jefe de caballerizas; deseaba visitar la ciudad. El rey ordenó que toda la ciudad debía ser barrida y engalanada y que apartaran de la mirada de su hijo toda visión deprimente o desagradable. Pero todas las precauciones fueron inútiles.

Mientras cabalgaba por las calles, Siddhartha, contempló un anciano tembloroso y arrugado que, debido a la edad, apenas podía respirar y que no podía caminar sin la ayuda de su bastón. Con sorpresa, Siddhartha aprendió que la decrepitud es el destino inevitable de quienes se hallan al final de su vida. Cuando regresó a palacio, preguntó si no había modo de evitar la vejez. Pero nadie le pudo responder. Al poco tiempo hizo otra visita a la ciudad y tropezó con una mujer afligida por un mal incurable. Después contempló una procesión funeraria, que le hizo tomar contacto con el sufrimiento y la muerte. Finalmente, Siddhartha encontró un mendigo asceta que le dijo que había abandonado el mundo para ir más allá del gozo y el sufrimiento y alcanzar la paz del corazón.

Estas experiencias, junto con sus propias meditaciones, convencieron a Siddhartha de que debía abandonar su vida confortable para convertirse en asceta. Rogó a su padre que lo dejase libre, pero el rey estaba abrumado por el dolor al pensar en perder a su querido hijo en quien tenía puestas todas sus esperanzas. Hizo redoblar la guardia que rodeaba el palacio y mandó que continuamente se presentaran nuevas diversiones, dirigidas a evitar que el joven príncipe pensara en irse. La esposa de Siddhartha dio a luz un hijo, pero incluso esto no apartó al príncipe de su misión. Una noche, su decisión se hizo impostergable. Echó una última mirada a su esposa y a su hijo que dormían y se adentró en la noche. Montó su caballo y llamó a su jefe de caballerizas.

Los dioses, en complicidad, se aseguraron de que los guardianes se quedaran dormidos y de que los cascos de los caballos no hicieran ruido. A las puertas de la ciudad, Siddhartha entregó el caballo al jefe de su caballeriza y se despidió de ambos. De ahí en adelante dejó de existir el Príncipe Siddhartha, pues el Buda había comenzado el verdadero viaje de su alma.

Siddhartha es Buda

Después de que el príncipe Siddhartha dejara su familia para ir en busca de la comprensión del misterio del sufrimiento humano, se hizo monje y buscó la sabiduría siguiendo varias doctrinas y a varios maestros. Pero eso no le enseñó lo que estaba buscando. Siguió deambulando y después permaneció durante seis años en la rivera de un río, donde practicó un terrible ascetismo que redujo su cuerpo a casi nada; pues creía, como ocurre con muchos religiosos, que si negaba todo deseo del cuerpo, finalmente podría vigorizar la vida del espíritu.

Después de algún tiempo, se dio cuenta de que semejante autocastigo sólo sirve para destruir la fortaleza de la persona y, en lugar de liberar el alma, la vuelve débil. Siddhartha sabía que debía ir más allá del ascetismo, igual que había trascendido la vida mundana. Agotado y delgado como un esqueleto, aceptó un poco de arroz que le ofreció un joven de un poblado que, al ver su debilidad, se sintió movido a compasión. Después se bañó en el río.

Cinco discípulos con los que había compartido su austeridad lo abandonaron, sintiéndose traicionados. Se dijeron unos a otros que no estaba tan iluminado, después de todo.

Siddhartha partió entonces hacia un lugar llamado Bodhi-Gaya, en el que encontraría el Árbol de la Sabiduría. Mientras pasaba a través del bosque, emanaba tanta luz de su cuerpo que los pájaros se sentían atraídos y volaban en círculos a su alrededor y los animales lo escoltaban. Finalmente llegó donde se encontraba la higuera. Extendió en el suelo un puñado de heno recién cortado y se sentó sobre él, murmurando su juramento: “¡Aquí, en este lugar, que mi cuerpo se seque y que mi piel y mi carne se desprendan y caigan, si levanto mi cuerpo de este asiento antes de haber alcanzado el conocimiento que busco!”. Y la tierra tembló seis veces mientras hacía este pronunciamiento.

Un demonio llamado Mara, sabiendo que la iluminación de Siddhartha significaría su propia destrucción, decidió intervenir. Envió a sus tres hermosas hijas para tentarlo. Las jóvenes cantaron y danzaron ante él, pero permaneció inmóvil en el corazón y en el semblante, calmado como un loto en las tranquilas aguas de un lago. Las hijas del demonio se retiraron derrotadas. Entonces el demonio envió un ejército de diablos horribles que rodearon el árbol sagrado y amenazaron a Siddhartha. Pero tan profunda era la serenidad de este que se vieron paralizados, como si tuvieran los brazos sujetos a los costados. Finalmente, el demonio Mara cabalgó desde las nubes y desenvainó una terrible arma, un enorme disco que podía cortar una montaña en dos. Pero esa arma fue impotente contra Siddhartha. Se convirtió en una guirnalda de flores y quedó suspendida sobre la cabeza de éste. Por último, el demonio fue vencido. El inmóvil Siddhartha permaneció en meditación bajo el árbol sagrado. Llegó la noche y con ella la iluminación que había buscado fue haciendo su aparición lentamente en su corazón. Primero conoció las condiciones exactas de todos los seres vivientes y a esto le siguieron las causas de su renacimiento en el mundo de la forma. Por todo el mundo y en todas las edades contemplaba seres sensibles que vivían, morían y reencarnaban. Se acordó de sus propias existencias anteriores y captó los inevitables eslabones de causa y efecto. Mientras meditaba sobre el sufrimiento humano recibió la iluminación sobre cómo sucedía esto y los medios que podían propiciar su cese.

Cuando llegó el amanecer, Siddhartha había alcanzado la iluminación perfecta y se había convertido en Buda. Durante siete días permaneció en meditación y después se quedó cerca del árbol sagrado durante otras cuatro semanas. Sabía que ante él se habían abierto dos caminos. Podía entrar de inmediato en el nirvana, el estado de bienaventuranza final, o podía renunciar a su propia liberación durante algún tiempo y permanecer en la tierra para enseñar a otros lo que había aprendido.

El demonio Mara le instaba a que abandonara el mundo, pero los dioses se unieron para implorarle y el Buda accedió a su destino final como maestro. Durante el resto de su vida trabajó para enseñar a hombres y mujeres el misterio del sufrimiento y del renacimiento. Al final, a la edad de 80 años, sintió que se había hecho viejo y se preparó para su final. Se tendió al lado del río y los árboles a su alrededor se cubrieron de flores. Entró en meditación, después en éxtasis y, finalmente, alcanzó el nirvana.

Su cuerpo fue quemado en una pira funeraria que se prendió sola y se extinguió en el momento adecuado mediante una lluvia milagrosa. De esta forma, un ser humano trajo luz a las tinieblas.

Los textos y mitos budistas

Las enseñanzas de Buda han sido muy reverenciadas desde la antigüedad, pero no existe ninguna colección de textos escritos, a modo de “biblia” budista. Las distintas áreas budistas elaboraron sus propios manuscritos y colecciones de enseñanzas.

La colección de historias míticas y legendarias budistas conocida como “Jataka” recoge quinientas cincuenta historias de las encarnaciones anteriores de Buda. Algunos de estos relatos son típicamente budistas, pero otros son parte del folclor contemporáneo que ha quedado incorporado a la mitología budista. Estos relatos nos ofrecen un vivo retrato de la vida social y las costumbres de la India antigua. Algunas de ellas tienen un tono descaradamente misógino: se considera a las mujeres como la fuente de todos los comportamientos traicioneros. La historia típica es un cuento moralizante que trata de prevenirnos contra la búsqueda de placeres terrenales, aunque también puede interpretarse como un alegato contra la naturaleza engañosa de las mujeres.

Las sucesivas oleadas de conquistas no alteraron la estructura de la sociedad hindú. La vida seguía su curso como siempre lo había hecho, gobernada por lo que era importante: las lluvias, las predicciones astrológicas, el favor de los dioses a través de la intermediación de los sacerdotes brahmanes y las ofrendas de sacrificios, las muchas festividades anuales, las obligaciones con la casta y la familia, la prevención de la contaminación y sobre todo, el ciclo constante de nacimiento, matrimonio y muerte.

Los nombres “hindú” e “india” provienen del vocablo ario que designa la región del río Indo. Los arios impusieron sus leyes como un sistema de castas que dividió a la sociedad hindú en cuatro “varna”, disposición similar a la del cuerpo humano. A la cabeza estaba los brahmanes, sacerdotes y académicos; la casta guerrera o “kshatrillas”, eran el brazo armado; los “vaishyas” o granjeros y comerciantes, el estómago; los “shudras” o siervos, las piernas.

Los “panchama” una quinta categoría que ni siquiera tenía un lugar en este sistema de castas, eran considerados intocables. La casta era hereditaria, se refería a un orden de deberes en el que todos tenían un papel que jugar y estaba concebida separadamente del poder o la riqueza. Los “varnas” no eran tan rígidas y la posición de una familia podía “cambiar”.

Pero el sistema unificó la sociedad hindú y le permitió resistir las presiones hacia el cambio que recibía del exterior. La vida se modificó en la India, pero muchas costumbres perduraron.

Antiguos dioses

“Brama” es la personificación divina del brahman, el Absoluto, que no está limitado por ninguna cualidad y que nadie puede concebir. Tiene cuatro cabezas y cuatro brazos, cuyas manos sostienen a veces los Vedas (libros sagrados), simbolizando con ello su patronazgo sobre la casta de los brahmanes.

En los mitos védicos y brahmánicos se le asimila al Embrión de Oro, la matriz universal de la cual provienen el Tiempo y el Espacio, primeras manifestaciones de Brama como dios creador

“Shiva”, el dios de la danza, es universalmente conocido en la India. En el círculo de llamas que evoca el “samsara” o ciclo de las reencarnaciones, la danza de Shiva expresa las fases del tiempo cósmico, la victoria sobre la ignorancia metafísica (con el demonio a sus pies), el trance que se apodera del alma ante la trascendencia de lo divino y el júbilo extático o entusiasmado que éste le inspira. Dios salvaje, encarna la trascendencia y el terror sagrado que provoca en el hombre. Si destruye es para metamorfosear, por eso es el modelo de los ascetas y de los adeptos al yoga, que buscan una conciencia superior. Ostenta el poder porque domina todas las energías de la vida y sobre todo la energía sexual, de ahí que se le represente íntimamente unido a su polo femenino, Sakti.

“Visnú”. Si Brama es el dios del conocimiento y de la ciencia y Shiva el de la experiencia trascendental, Visnú es el dios de la devoción y de la vida religiosa. Protector y vivificador de todo cuanto existe, aparece representado a menudo sobre la serpiente primordial, que simboliza la materia prima del universo. Divinidad bienhechora y que se compadece de los mortales, recibe una veneración personal y sus adeptos se distinguen por la efusión de sentimientos de amor. Cuando el desorden amenaza la tierra, desciende a ella bajo encarnaciones diversas; así, en el curso de los tiempos, se distinguen diez “avataras” suyas, entre las que destacan las de Rama y Krishna.

Rama, héroe del “Ramayana”, personaliza la bondad y la fe por su lucha contra el demonio Ravana; pero el gusto por lo maravilloso de los indios, cristaliza, sobre todo, e, Krishna, el divino que enseña la sabiduría al guerrero Arjona en el “Bhagavad-Gita”.

Rituales y lugares de culto

No es obligatorio asistir a las ceremonias en los templos; tiene mayor importancia el culto privado, asumido por el cabeza de familia. El hinduismo sacraliza poderosamente la vida cotidiana: levantarse, acostarse, el baño, las comidas, etc. Son actividades rituales que se realizan con la ayuda de elementos cósmicos, como el agua o el fuego. Cada etapa de la vida tiene su “sacramento”; concepción, ritos de la preñez, nacimiento y asignación del nombre, iniciación a la edad adulta (esencial en las dos castas superiores), matrimonio, funerales por cremación y liturgias conmemorativas de los antepasados. Todas las casas hindúes tienen su santuario, vedado a los visitantes.

Textos sagrados, los Grihya-sutra (tratados domésticos), regulan estos ritos sumamente complejos, que los brahmanes enseñan a las familias campesinas.

Las manifestaciones de la piedad hindú en los templos son extraordinarias: noches enteras de devociones, abluciones, sacrificios de ofrendas vegetales (raras veces animales, en la actualidad) o de manteca, acogida de peregrinos que acuden siempre en gran número.

La “casa del embrión” o “del nacimiento”, centro secreto del culto, corresponde a la montaña sagrada y a la cabeza del hombre, donde reside su inteligencia; sólo los servidores de la divinidad tienen acceso a él. El “lingam” (sexo masculino) es, sobre cualquier otra cosa, la mejor representación del dios Shiva y un objeto de gran devoción. Un falo vertical, que a menudo emerge de una plataforma circular que simboliza el sexo femenino (yoni). El conjunto no tiene una directa significación erótica, sino que expresa una visión energética de lo real.

Culto a los animales

A través de su larga historia, los pueblos de la India han tenido respeto y veneración por los animales. El ganado fue muy considerado por las tribus prehistóricas del valle del Indo, por los pastores arios, para quienes era la medida de la riqueza y su moneda y por los hindúes, que prohibieron y todavía en la actualidad siguen prohibiendo su sacrificio.

Esta actitud impidió la utilización de los animales. Los hinduistas, budistas y jainistas daban igual importancia a todas las formas de vida, pues las consideraban encarnaciones de una energía o fuerza vital. Creían que al morir algo, su energía reencarnaba en otra forma. Por lo tanto, matar era ilícito, pues incluso los insectos podían contener la fuerza vital del alma de algún antepasado amigo. En un terreno más elevado, la mitología hindú dio a los dioses atributos animales.

Dice una vieja historia hindú que un ejército de monos ayudó al héroe Rama a rescatar a su esposa de Ravana, el demonio. Como Rama era encarnación del dios Visnú, desde entonces se venera a los monos, los cuales tienen papeles principales en sencillos mitos, leyendas y fábulas. Se trata de relatos en que los animales hablan y piensan como seres humanos para destacar moralejas que formaban parte de la educación de los jóvenes indios de noble estirpe. Una de ellas, sobre los peligros de escuchar charlas malévolas, habla de un mono y un cocodrilo que eran grandes amigos, pero la esposa del cocodrilo sintió celos y exigió el corazón del mono.

El cocodrilo, con engaños, hizo subir al mono a su espalda y trató de ahogarlo, pero el mono persuadió al cocodrilo de que tenía otro corazón mejor aún en un árbol del bosque. El cocodrilo llevó al mono de regreso a la orilla, tan sólo para descubrir que había sido engañado dos veces y que además, había perdido a su mejor amigo.

Asimismo, para los antiguos indios, al igual que para todo el pueblo primitivo, las aves fueron fuente de inspiración. Las relacionaban con otro habitante celestial: el sol. Al avanzar el hinduismo, la potencia del sol se presentó con una imagen mitad ave, mitad hombre: Garuda, y el principio del agua se simbolizó con serpientes sinuosamente encorvadas.

Las aves, reales y míticas, figuraron en la tradicional vida de la India. Los habitantes del Valle del Indo dejaron numerosas representaciones de aves nativas, como gallinas y palomas. Miles de años después, los emperadores musulmanes de la India se interesaron tanto en las aves de lejanas regiones que tenían las más extrañas variedades e hicieron pintar sus retratos para los álbumes de la corte.

Por otro lado, por siglos y siglos, el ganado ha sido esencial en la India. Los toros sirvieron de animales de tiro y las hambres crónicas hicieron de la leche de vaca un alimento básico. Debido a la escasez de madera, sus excrementos han sido por milenios el único combustible de la mayoría de los hogares.

Para el hindú, la veneración a la vacas, arraigada en profundas tradiciones, es parte inseparable de su vida. Pero, no son verdaderamente sagradas: la religión hindú sólo prohíbe matarlas. Representan también la vida pastoral, que se considera idílica.

El dios Krisna, creador del universo, creció entre rebaños y pastores; la narración de su niñez entre ellos es muy popular. Para todos los hindúes, más que las vacas son sagrados los toros. Desde tiempos prehistóricos se les asocia a Shiva y se les representa en los templos como símbolos de procreación.

Kama Sutra: Aforismos sobre el amor

Al principio, el “Señor de los Seres” creó a los hombres y las mujeres y, en forma de mandamientos distribuidos en 100.000 capítulos, trazó las reglas de su existencia en relación a Drama (obtención de la riqueza) y Kama (el amor, el goce o placer).

Algunos de estos mandamientos, por ejemplo, los que tratan de Drama, fueron escritos aparte por Swayambhu Manu; los que se refieren a Artha fueron recopilados por Brihaspati, y los relativos a Kama fueron expuestos por Nandim en 1.000 capítulos. Más tarde, estos Kama Sutra (aforismos sobre el amor), fueron reproducidos por Shvetaketu, hijo de Uddvalata, abreviadamente en 500 capítulos; la misma obra fue también reproducida en 150 capítulos por Babhraya.

Estos 150 capítulos estaban agrupados bajo las divisiones siguientes: cuestiones generales, abrazos, unión del macho y la hembra, sobre la propia esposa, sobre las esposas de los demás, sobre las cortesanas, sobre las artes de la seducción, etc.

Redactada en partes separadas por distintos autores resultaba casi imposible encontrar la obra completa, por lo tanto, Vatsyayama compuso un volumen condensado, a modo de resumen de todos los trabajos de los autores anteriormente mencionados.


Hebreos

Ángeles, profetas, rabinos y reyes no son los únicos personajes de las narraciones, mitos y leyendas del pueblo judío. También hay patriarcas y princesas, sabios y santos, hasidim y zadikim, héroes y heroínas, pícaros y pecadores y muchos otros, todos los cuales constituyen la literatura tradicional y popular que se ha convertido en parte integrante de la herencia judía. Y el hilo dorado, es el monoteísmo, la fe en un solo Dios.

Los relatos de la Biblia hebrea, se refieren a la historia de la creación y a los inicios de la historia de la humanidad. Abarcan un período de casi dos mil años y narran la Alianza de Dios con Abraham, Isaac y Jacob y sus descendientes, a quienes se conoce como hebreos, hijos de Israel o israelitas.

Se trata, en esencia, de la historia de cómo Israel conquistó, perdió y volvió a recuperar su tierra. Paralelamente a la posesión y a la pérdida de su territorio, sus grandes dirigentes se esforzaron por mantener al pueblo unido a través de las leyes y del código de comportamiento recogido en el texto de los Diez Mandamientos.

El patriarca Abraham y su familia salieron de la ciudad caldea de Ur, en Mesopotamia (en la actualidad el sur de Irak), y se encaminaron hacia el oeste en dirección a Canaán, que más tarde se denominaría tierra de Israel y Palestina a partir de la época romana. Allí fue donde Isaac, hijo de Abraham, Jacob, nieto de este último y los descendientes de los doce hijos de Jacob formaron las doce tribus de Israel, cada una de las cuales poseía su propio territorio. Más tarde, el hambre los obligó a salir de la tierra de Canaán e ir a Egipto, donde fueron recibidos por José, que ocupaba un alto cargo en la corte del monarca de Egipto o Faraón. El Faraón les pidió permiso para sentarse en su reino y al principio prosperaron, pero con el correr del tiempo los israelitas tuvieron que padecer la crueldad y el despotismo de algunos faraones que los oprimieron y esclavizaron.

Dirigidos por Moisés, a quien Dios inspiraba, guiaba, los hijos de Israel huyeron a Egipto y anduvieron errantes durante cuarenta años por el desierto, donde Dios les dictó sus Diez Mandamientos.

Finalmente, regresaron a la tierra prometida de Canaán. Las doce tribus se independizaron unas de otras, lo que las hizo vulnerables a los ataques de otros pueblos vecinos, tales como los filisteos. Gracias a los esfuerzos del profeta Samuel, las tribus se unieron para formar un solo reino y Saúl fue elegido primer rey de Israel. A éste sucedió David, quien consolidó el reino e hizo de Jerusalén su capital. Fue tan famoso por su música y su poesía como por sus victorias militares.

A David sucedió si hijo Salomón, en cuya época alcanzó el reino su máximo esplendor. Salomón mandó construir en Jerusalén el primer Templo, un imponente edificio que se convirtió no sólo en el principal lugar de culto, sino también en un centro de peregrinación durante las grandes celebraciones religiosas. En la literatura tradicional judía existen numerosísimas historias que hacen referencia a las hazañas de David y a la sabiduría de Salomón…

La Creación

El primer libro de la Biblia hebrea se llama Génesis, palabra que significa principio, creación u origen.

El Libro del Génesis se remonta al principio de los tiempos y narra cómo Dios creó el mundo, el primer hombre y la primera mujer. En seis días Dios creó el universo entero: primero la luz y las tinieblas, a las que llamó día y noche. Luego el cielo y después el mar y los continentes, a los que llamó Tierra. Luego creó árboles y plantas de todas las especies, creó el sol, la luna y las estrellas, los peces y los pájaros, los mamíferos, los insectos y reptiles y, por último, a su imagen y semejanza, Dios creó al hombre.

El hombre fue modelado de la arcilla de la tierra y Dios sopló en su nariz su aliento de vida para convertirlo en ser vivo. Todo quedó terminado en seis días y el séptimo, cuando la gran tarea estuvo concluida, Dios descansó y llamó a este día el Día del Sabbat y lo consagró y lo declaró día de fiesta.

La gran tarea de Dios, narrada en el Génesis, dio lugar a un rico acervo de literatura popular y la “Midras”, un compendio de textos judíos que recoge estas narraciones, está llena de relatos fantásticos que aportan detalles a las distintas etapas de la narración y explican diversos aspectos de la fe y las costumbres judías.

Con el fin de que sus explicaciones resulten accesibles para el público, los escritores personifican conceptos abstractos. La Torá (Ley del pueblo judío) se convierte en un ser vivo dotado de palabra, mientras que la Tierra, el Sol, la Luna (e incluso las letras del alfabeto) hablan y se comportan de forma muy humana.

Se dice que al principio fueron creadas siete cosas. La Torá, escrita con fuego negro sobre fuego blanco, descansaba en el regazo de Dios y el infierno a su izquierda; el Santuario Celestial, con una joya en su altar en la que estaba grabado el nombre del Mesías, estaba situado frente a Dios y había una voz que gritaba “Arrepentíos, hijos de los hombres”. Cuando Dios decidió crear el mundo consultó, en primer lugar, la Torá y ésta le aconsejó lo siguiente:“Dios Todopoderoso, un rey sin cortesanos ni sirvientes y desprovisto de ejército no merece ser llamado rey, pues no tiene a nadie que pueda concederle el honor que se merece”.

A Dios le agradó este consejo y a partir de ese momento enseñó a los reyes de la Tierra a no tomar decisiones importantes sin antes consultar a sus consejeros, siguiendo su propio ejemplo. Consciente de que los hombres eran pecadores, intuyó que seguramente ignorarían sus mandamientos. Sin embargo, el propio Dios ahuyentó sus dudas. Mediante el arrepentimiento, los pecadores tendrían la oportunidad de enmendarse. El “Paraíso” y el“Infierno” servirían de recompensa y castigo y se designó al Mesías para llevar la salvación y poner fin al mal.

Los ángeles

En las tradiciones y el folclor judíos, los ángeles son seres sobrenaturales que viven en el Cielo y actúan como mensajeros de Dios, llevando sus mandatos divinos de recompensa y castigo.

El ángel Akatriel permanece junto al hombre para oír sus pensamientos más profundos que luego transmite a Dios.

Sandalfón, teje coronas celestiales con las oraciones de los hombres.

La mayoría de los ángeles ministros tienen una vida corta, pero otros, entre ellos los siete arcángeles, gozan de larga vida. Estos últimos se llaman Miguel, Rafael, Gabriel y Uriel, que tienen lugares especiales reservados en torno al Trono Celestial de Dios, y Metatrón, Sandalfón y Akatriel, que en cambio quedan ocultos.

Miguel, cuyo nombre en hebreo “¿quién como Dios?”, es el sumo sacerdote de los ángeles y se halla a la derecha del Trono Celestial.

El nombre de Gabriel significa “fuerza de Dios” y este arcángel se encuentra a la derecha del Trono. Se ocupa de los asuntos de la justicia divina y castiga a los malvados.

Uriel, cuyo nombre significa “chispa de Dios”, se sitúa enfrente del Trono; mientras que Rafael, cuyo nombre quiere decir “Dios cura”, se sitúa por detrás.

Metratrón mantiene el orden en el mundo. Es un personaje deslumbrante, con venas de fuego y carne de llamas. Se le dotó con setenta y dos alas, treinta y seis a cada lado de su cuerpo. Tiene cientos de ojos, cada uno tan luminoso como el sol. Dios le mandó proteger el Trono de la Gloria y antes de que nadie pueda entrar en el palacio de las siete moradas en el que habita Dios debe pasar ante Metatrón, al que todos temen, incluso Samael, príncipe de las tinieblas.

Al principio Samael reconocía a Dios como su superior, pero más tarde otros ángeles se unieron a él para rebelarse contra el Todopoderoso. Hubo una terrible guerra entre los ejércitos de Samael y las fuerzas del arcángel Miguel, guerra que concluyó con la derrota de Samael. Ėl llevó la muerte a la raza humana. Samael siempre es el primero que aparece en escena dondequiera que haya muerte y destrucción.

Para que los hombres recibieran debida recompensa o castigo por sus acciones, Dios concedió al hombre el libre albedrío, por lo que permitió intencionadamente a Samael que los indujera a la tentación. Cuando Samael lo consigue, aparece ante la Corte Celestial, donde actúa como acusador y demandante. Pero afortunadamente para el hombre, los poderes de Samael están controlados en última instancia por Dios.

***

En la semana de su decimotercer aniversario, el adolescente judío hace su “bar-mitsva”, con la que sella su entrada en la comunidad religiosa de los adultos. Por ella se transforma en“hijo de la buena acción” (que es lo que significa bar-mitsva). Demuestra así su conocimiento de la Ley y su capacidad para leer los textos, adquiridos ambos desde la edad de siete años en el Talmud Torá.

Como los adultos que lo rodean, entre los que se hallan el rabino (el oficiante) y el“hazan” o cantor, el muchacho lleva en los hombros el “telleth” y se cubre con la “kippa”. A la simbólica luz del candelabro de siete brazos (“menorah”), y ayudándose de una mano de plata para no perder el punto, se esfuerza en leer en voz alta y sin equivocarse, en una atmósfera de recogimiento, pues la Palabra de Dios no debe repetirse ligeramente. En adelante podrá formar parte de un “minyan” (grupo de diez judíos, necesario para la validez de cualquier ceremonia religiosa.

El sábado siguiente a la ceremonia propiamente dicha, en la sinagoga, el muchacho, ahora ya adulto en la esfera religiosa, tiene el gran privilegio de subir al pupitre que está delante de la vitrina de la Torá. Una vez fuera de su estuche sagrado, los rollos de la Ley (“Séller Tora”) son llevados procesionalmente por la sala. Luego los depositan sobre el pupitre, les quitan la funda ricamente bordada que los cubre y son abiertos por la “parasha”del día, el pasaje de la Torá que corresponde, ya que a lo largo del año ha de leerse la totalidad de la Ley.

Otras ceremonias, fiestas y ritos

Los múltiples rituales del año judío pueden reagruparse en tres ciclos a lo largo del año. Salvo el “sabbat” (sábado), las fechas de celebración son móviles.

Todas las festividades judías se inician y concluyen en la caída del sol, según el orden de la creación. El sabbat es la fiesta semanal, a imagen del séptimo día de la creación: “Y bendijo Dios el día séptimo y lo declaró santo, porque ese día descansó Dios” (Génesis II,3). Por eso está prohibida en ese día toda creación, material o intelectual.

La celebración del sabbat incluye oficios que reúnen a la comunidad en la sinagoga, así como plegarias en familia, en las que se bendice el pan y el vino.

Ritos que recuerdan la historia de Israel antes de su llegada a la Tierra Prometida, son muy antiguos y se insertan en una antigua periodización estacional de las fiestas (de primavera, de otoño). En primavera, la Pascua (“Pesah”) evoca el éxodo de los judíos en el desierto del Sinaí. En recuerdo del apresuramiento y el caminar sin rumbo, los judíos se abstienen durante una semana de tomar cualquier alimento fermentado o con levadura. Siete semanas después, la fiesta de las Semanas (“abu’ot”) santifica las primicias de las cosechas y conmemora la entrega de la Ley en el monte Sinaí.

En otoño se celebra la fiesta de las Tiendas (“Sukkot”) o de las Cabañas o de los Tabernáculos. A lo largo de una semana se santifican las cosechas y se rememora la vida pasada bajo tiendas durante los cuarenta años que duró la huída por el desierto egipcio.

Tres festividades remiten a la historia del judaísmo posterior al exilio: La fiesta de la Suertes (“Purim”), que conmemora el aniversario de la milagrosa liberación de los judíos de Persia, salvados del exterminio gracias a la reina Ester. Es una fiesta muy popular y con disfraces.

También es alegre la fiesta de la Dedicación o de las Luces (“Hanuká”), a comienzos de diciembre. Dura una semana y está ungida de religiosidad; conmemora la purificación del Templo por Judas Macabeo. Por el contrario, el “Tisa’á be-Ab” (el 9 del mes de Ab, a principios de agosto) es un día de aflicción y de luto, pues recuerda la destrucción de los dos Templos.

El Año Nuevo, en otoño, debe abordarse en paz con Dios. Se dedican diez días al examen personal, que comienza el primero del año y acaba con una de las fechas más destacadas del año litúrgico judío, el “Yom Kippur”, día de la Expiación o del Gran Perdón. El individuo y la comunidad se purifican por el ayuno, la oración continúa y el reconocimiento de los propios pecados. Cuando el “sofar” resuena, anuncia el tiempo nuevamente virgen.

Griegos

En una mañana primaveral ateniense, un grupo de niños de tres años, con flores en el pelo, están junto a la puerta de un templo de la Acrópolis. Sus padres esperan cerca de ahí. La puerta se abre y salen sacerdotes y flautistas con blancas túnicas. Los sacerdotes dan a los niños jarritas de arcilla, de las que toman su primer sorbo de vino. Esta ceremonia de los“choes” o jarras era parte del Antesterión, un festival en honor de Dioniso, dios del vino. Cuando los niños bebían, celebrando la primavera y el vino nuevo, terminaban simbólicamente su infancia.

Pero, los rituales religiosos marcaban otra etapa en las vidas de los niños: A los 12 ó 13 años, las niñas ofrendaban en los templos sus juguetes a la diosa Artemisa, en una ceremonia que celebraba el paso de la pubertad. A veces este ritual ocurría en vísperas de la boda de las niñas, que se casaban tan pronto como sus padres les conseguían marido, que generalmente les duplicaba en edad.

Un escritor anónimo describe así esta ceremonia: “Señora, a ti te ofrenda Timareta, antes de su boda, su gorro, su pandero y su pelota favorita, tal y como se requiere. Oh, Artemisa, la joven te trae sus muñecas, sus juguetes de la infancia, todo”.

Junto a las ruinas de los templos se han encontrado caballitos y muñecas y en tumbas de niños se encontraron otros juguetes, tal vez dejados por sus padres como trágicos símbolos de los juegos que sus hijos no disfrutaron en vida.

En las bodas debía invocarse a Hera y Zeus, patronos del matrimonio. La novia debía tomar un baño de purificación y el agua que se usaba para éste había sido llevada por niños pequeños desde fuentes especiales. En el día de la boda se acostumbraba que la novia se cortara un mechón de pelo, lo enrollara en un huso y lo pusiera en un altar. Esto era seguido por un sacrificio y banquetes en las casas del novio y de la novia. El novio llevaba a la novia a su nuevo hogar en un carro de caballos o mulas. La novia era recibida en la casa por su suegra, que portaba una antorcha con la que conducía a la pareja desde el pórtico hacia el fogón de la cocina. Ahí la pareja se arrodillaba y se les echaban nueces y frutas (en lugar del arroz que se usa actualmente), símbolos de prosperidad.

Favor de los dioses

Para el griego común, la religión era más una cuestión de rituales que de moralidad. La comunidad creía en la importancia del buen comportamiento, de acuerdo con elevadas normas morales, pero los motivos de este comportamiento eran, sobre todo, sociales: la gente se comportaba bien para el provecho de los dioses.

Los sacrificios y rendir culto eran considerados casi como un contacto obligado con los dioses y como una forma de ganarse el favor divino. Por lo tanto, el rasgo dominante de la religión griega era la correcta realización de un ritual para lograr el efecto deseado.

Muchas de las ceremonias eran conducidas por el pueblo en la privacidad de sus casas. Se creía que Hestia, diosa del fogón, protegía el mismo centro de la vida hogareña. Así, mantener ardiendo el fuego era en sí un acto religioso.

La mayoría de las casas tenían un “herma”, pilar de piedra con cabeza y falo humanos, que estaba dedicado al dios Hermes y que se colocaba a la entrada de la casa como símbolo de protección. Era común tener en el patio altares a Zeus y Apolo, en los que el jefe de familia ponía diariamente ofrendas de comida. En el campo, se adoraba a Pan, el de patas de cabra, y cada localidad, fuente y arroyo tenía su propia ninfa de la guardia. Se elevaban plegarias a Atenea para levantar buenas cosechas de aceitunas, mientras que las uvas eran un regalo de Dioniso y Demeter aseguraba la cosecha de grano. Se creía que todos esos dioses vivían en el monte Olimpo y que su cima tocaba el cielo.

Aunque situaron el hogar de sus dioses y diosas en una montaña lejana, los griegos pensaban que influían sobre los asuntos humanos y que con frecuencia intervenían en las vidas de ciudades e individuos.

Dioses, templos y sacrificios

Se pensaba que los dioses eran semejantes a los humanos, tanto en apariencia como en carácter, aunque diferían en un aspecto fundamental: eran inmortales. El supremo entre ellos era Zeus, rey de los cielos. Los escultores y pintores lo mostraban como un hombre maduro y con barba, a veces portando un rayo y sentado en un trono, para enfatizar su soberanía. Hera, hermana y esposa de Zeus, era la diosa de las mujeres y el matrimonio.

Poseidón, hermano de Zeus, regía sobre el mar. Físicamente era parecido a Zeus y portaba un tridente o lanza de pesca y a veces se le retrataba acompañado de delfines. Otras deidades eran Ares, dios de la guerra; Afrodita, diosa del amor y la belleza; Hermes, dios mensajero: Hefestos, dios de la herrería; Atenea, diosa de la sabiduría; Demeter y su hija Perséfone estaban relacionadas con la fertilidad de la tierra; Apolo era el dios de la salud y la música. Todas estas deidades tenían templos y santuarios, centro de los rituales comunitarios y ciertos dioses estaban asociados con una ciudad en particular.

Los hermosos templos, construidos como si fuesen la vivienda de los dioses, demuestran el importante papel de la religión en la vida diaria griega.

El esplendor de la arquitectura del templo era una forma de honrar al dios y al mismo tiempo demostraba la riqueza y el prestigio de la comunidad que lo había erigido. Los templos eran también tesorerías de ofrendas de oro, joyería y otros objetos valiosos que se ofrecían a los dioses.

En un recinto interior se alzaba una estatua del dios, a veces adornada con oro y marfil. No estaba a la vista del público y sólo los sacerdotes y el personal del templo podían mirarlo, no se permitía a los plebeyos entrar al santuario interior, considerado dominio privado de la deidad. El recinto no tenía ventanas y se le iluminaba únicamente con lámparas de aceite.

Todas las ceremonias públicas importantes, como los sacrificios estatales, se llevaban a cabo al aire libre, fuera del templo. Las presidía un sacerdote en un altar, que era un terreno sagrado marcado con una piedra o, en el caso de santuarios más prósperos, con una imponente estructura de mármol, generalmente colocada tras la parte este del templo. El sacerdote, cuando ofrecía el sacrificio, vestía una larga túnica y daba la espalda al templo, cuyas puertas estaban abiertas para que el dios presenciara la ceremonia. Se sacrificaban vacas, corderos, cerdos o cabras adornados con guirnaldas y con los cuernos dorados. Se degollaba a los animales y luego se partía el cuerpo: Una parte se ponía en el altar para incinerarla ritualmente y la otra se asaba para la comida ritual del sacerdote y los fieles.

Festival para Atenea

Cada población celebraba anualmente un festival en honor de su deidad patrona. Atenas rendía tributo a Atenea cada cuatro años, con un festival de una semana de duración, llamado Gran Festival Panateneo.

En él, una procesión ascendía por la cuesta de la Acrópolis llevando un nuevo “peplos”(túnica), para vestir a la antigua estatua de madera de la diosa, puesta en un altar cercano al Partenón.

En un friso (elemento decorativo), los dioses del Olimpo ocupaban tronos o bancos esperando la llegada de la procesión, presidida por mujeres que portan vasijas de vino. Tras ellas, los hombres conducen ovejas y vacas al sacrificio. Un sacerdote y un niño sostienen el peplo que ofrecen a la diosa, sentada plácidamente, indiferente a los actos de los mortales.

Música, vino, mujeres y filosofía

A pesar de su interés por el conocimiento, al pueblo griego le gustaba divertirse. Tenía mucho tiempo libre gracias a los esclavos y sirvientes y los ciudadanos (especialmente los hombres) lo aprovechaban al máximo.

La principal diversión hogareña era el “simposion” (reunión para beber), a la que asistían los hombres. Se tenía en alta estima la buena conversación y los simposios se iniciaban con una plática acerca de política o filosofía. La reunión se hacía menos seria con la influencia de la comida y la bebida. También participaban cantantes, bailarinas con espadas, bufones, músicos y acróbatas. Generalmente se trataba de esclavas, casi siempre capturadas en las guerras y elegidas como animadoras por su talento y belleza. Los hombres se enamoraban de ellas y tenían hijos con ellas, pero no se les permitía desposarlas.

Las pinturas en vasijas muestran a estas jóvenes bailando y abrazando a los comensales y echando viento a hombres que yacían ebrios en divanes. El escritor Jenofonte describe gráficamente una reunión típica: “La joven comenzó a bailar acompañada por la música de flautas. Entonces se trajo un aro en cuyos bordes había espadas, sobre las que la joven hacía piruetas, entrando y saliendo del aro, mientras los comensales la miraban, asombrados y temiendo que sufriera una herida. Pero ella, temeraria, terminó ilesa su espectáculo”.

Los acertijos eran populares. Si un invitado no podía resolverlos, tenía que tomar vino con salmuera. Al beber se cantaba canciones, llamadas “skolia”, acompañadas con liras. Los temas de la skolia frecuentemente eran políticos.

Vino, música y danza iban juntos. En el festival anual para Dioniso, dios del vino, cada una de las diez tribus enviaba un coro de cincuenta niños a una competencia en las que cantaban, bailaban y actuaban mientras sus familias los miraban, orgullosas. Se consideraba que ningún festival estaba completo sin música. Se contaba que Pan, el dios con patas de cabra, hizo su flauta o “sirinx” con cañas de distintos largos, unidas con cera y cuerdas. Las liras constaban de siete cuerdas fijadas con clavijas o correas de cuero, con las que se afinaba el instrumento: “Pasaron entonces junto a los refugios y los barcos donde encontraron a Aquiles, que deleitaba su corazón con una lira de claro sonido, de espléndida y cuidadosa factura, dotada de un puente de plata que tomó de entre los restos de la ciudad de Eción cuando la destruyó. Con este instrumento Aquiles se daba solaz y cantaba la gloria de sus soldados”.

Por la madrugada, multitudes de hombres y niños caminaban por los olivos rumbo a la pista y al gimnasio de Olimpia. El sol de agosto y septiembre sería sofocante a mediodía, por lo que valía la pena encontrar un lugar con sombra en las laderas.

Al salir el sol sonaba una trompeta. Los jueces vestidos con túnicas rojas tomaban sus posiciones, los competidores se desnudaban y se untaban el cuerpo con aceite, echaban suertes para las posiciones de arranque y se iniciaba la carrera.

Cada cuatro años los griegos declaraban una tregua en sus constantes guerras y se reunían en Olimpia, junto al río Alfil, en el Peloponeso. Para los 50.000 espectadores que miraban a los atletas desnudos que competían en las pistas de carreras o en las luchas, los Juegos Olímpicos eran algo más que un alarde de fuerza muscular: Eran también una celebración religiosa en honor de Zeus, padre de los dioses, acompañada de plegarias, himnos y sacrificios.

Los heraldos visitaban todas las ciudades griegas e invitaban a los ciudadanos a participar en los juegos. Se competía individualmente; las mujeres no participaban, ni siquiera como espectadoras. Los atletas llegaban a Olimpia con un mes de anticipación, para entrenarse luego del viaje. El tercer día de los juegos coincidía con la segunda o tercera luna llena, luego del solsiticio de verano; esto significaba que siempre se celebraba en agosto o septiembre.

El sofocante sol de estos meses no era el mejor para los atletas, pero significaba que las cosechas se habían levantado y que los espectadores, la mayoría campesinos, no podía descansar.

Los primeros juegos duraron un solo día, pero ya en la época clásica se extendieron a cinco. En el primer día se ofrecían votos sagrados. Los competidores prometían no hacer trampas y los jueces juraban ser justos. En el quinto y último día los vencedores recibían sus trofeos: coronas de ramos de olivo, cortadas de un árbol sagrado que crecía junto al templo de Zeus. Después se ofrecía un banquete en su honor.

En sus pueblos de origen esperaban más honores para los atletas victoriosos: se les eximía de pagar impuestos, recibían comidas gratuitas en el salón municipal y se les permitía usar túnicas moradas.

Los héroes

Con su ascendencia mitad humana y mitad divina los héroes o semidioses se erigen en tema de los mitos más populares de la antigua Grecia.

Hay tres especialmente célebres: el ateniense Teseo, vencedor del Minotauro, monstruo con cabeza de toro; Jasón, príncipe de Tesalia, organizador de la expedición de los Argonautas que partió a la conquista del Vellocino de Oro y finalmente, Edipo, rey de Tebas, de funesto destino: mató a su padre, se casó con su madre y se cegó en penitencia.

La Ilíaday la Odisea

Redactadas en el siglo VIII a.J.C., la Ilíada y la Odisea están compuestas de distintos poemas elaborados oralmente en los cuatro o cinco siglos anteriores.

El tema común es la guerra de Troya: la expedición de los griegos, mandados por Agamenón, contra el reino de Príamo y su capital, Troya, defendidos por el valiente Héctor, el hijo del rey.

Se trata de vengar la afrenta infligida a los griegos por el troyano Paris, otro hijo de Príamo, el rapto de Helena, la joven esposa de Menéalo, hermano de Agamenón. De esta lucha, la Ilíada narra las hazañas del mejor de los griegos, Aquiles, el héroe que da muerte a Héctor, con lo que anticipa la caída de la ciudad asediada. Los dioses intervienen apasionadamente: Hera y Atenea del lado griego; Afrodita y Ares, del troyano. Zeus no interviene, ama a Héctor y desea salvarlo, pero debe inclinarse ante el destino y permitir el triunfo de Aquiles.

Tras la ruina de Troya, los griegos que han sobrevivido vuelven a su patria. Ulises, rey de Itaca, tarda diez años en regresar. El relato del viaje es la Odisea. Se reúne al fin con su hijo Telémaco y su esposa Penélope, que ha rehuido el acoso de los pretendientes. La intervención de los dioses explica las dificultades del viaje: sobre Ulises pesan la cólera de Apolo y la venganza de Poseidón. Aunque un Zeus benigno y casi bonachón consiente en que Atenea, por su valor y su ingenio, le proteja.

Medicina

Los griegos consideraban la enfermedad como un mal enviado por los dioses, a quienes les pedían la cura.

Desde el siglo V a. C., se difundió en el mundo griego el culto a Asclepio, dios de la medicina. Los peregrinos acudían a los santuarios en la isla Cos, en Pérgamo (Asia menor) y en Epidauro, donde se conservan un templo, un teatro y edificios rituales. El dios se aparecía a los peregrinos en sueños que eran interpretados por los sacerdotes, que recetaban tratamientos como dietas, gimnasia y baños. A partir de estos tratamientos, se desarrolló un sistema basado en la observación científica, que sigue siendo fundamento en la medicina moderna.

El juramento de Hipócrates de Cos, que definió los deberes del médico hacia su paciente, es la base de la ética médica. La medicina y la cirugía progresaron gracias al estudio del funcionamiento del cuerpo humano. La medicina perdió sus elementos mágicos; la anatomía y la investigación tuvieron más importancia.

Vida después de la muerte

Los griegos creían en la vida después de la muerte, pero la consideraban inferior a la vida terrena. Ellos creían que el alma del difunto llegaba a los infiernos, vasto dominio subterráneo en el que reinaban Hades y Perséfone. Para ello el cuerpo se consumía en el fuego, dejando libre el alma. Conducida ésta por Hermes, franqueaba el umbral de los infiernos que guardaba el monstruoso perro Cerbero y llegaba al Estigia, río de aguas negras que Caronte le ayudaba a atravesar en su barca; un óbolo (moneda de poco valor), introducido en la boca del difunto, le servía para pagar al barquero. Luego era juzgado por un tribunal que presidían Minos, Eaco y Radamantis, a cuyo término le aguardaban dos posibilidades: verse precipitado al abismo del Tártaro para sufrir espantosos suplicios, o ser admitido a vivir eternamente en los Campos Elíseos, un lugar donde la brisa era suave y donde el alma podía vagar entre las praderas.

A veces los cuerpos eran sepultados, pero generalmente se cremaban y se enterraban las cenizas con las posesiones que usarían en la vida siguiente. Un banquete seguía al funeral.

La piedad de los griegos

En la vida diaria, los griegos veneraban a una multitud de divinidades secundarias: ninfas o diosas de las fuentes, divinidades de prados y de bosques, nereidas o diosas del mar, etc. Le pedían buenas cosechas y protección contra las pequeñas y grandes desgracias de humano vivir. Asimismo, rendían culto a uno o varios dioses principales: a Apolo en un lugar, a Atenea o a Hera en otro y a Zeus casi invariablemente. Los imaginaban semejantes a los hombres, pero poco a poco dejaron de verlos como unos grandes señores hedonistas y pendencieros.

Los dioses y sobre todo Zeus, se convirtieron en los garantes del bien y de la justicia, castigaban al malvado y recompensaban al virtuoso.

Sin embargo, nada justificaba la desdicha y la muerte. Como Isis y Osiris en Egipto, los dioses consoladores, los que prometían la inmortalidad, fueron objeto de un culto creciente. Uno de ellos era Dioniso, asociado a Demeter, quien participaba en los ritos de su santuario de Eleusis, cerca de Atenas, podía escapar de la muerte. Otra fuente de esperanza era Orfeo, el legendario músico, el inconsolable esposo de Eurícide, muerta por una serpiente, tras bajar en su busca a los infiernos, la había perdido para siempre por haber desobedecido a los dioses, que le habían prohibido volverse hacia ella. Su ejemplo de héroe sufriente, por un instante vencedor de la muerte, era también una promesa de inmortalidad.

Talón de Aquiles

El mito nos ofrece una gran cantidad de historias sobre la relación padres e hijos. Desde las jocosas peleas de los dioses del Olimpo a los trágicos destinos de las dinastías reales, la imaginación humana ha encontrado siempre solaz e iluminación en crear relatos sobre madres, padres e hijos y el misterio de lo que nos une a todos por medio de indestructibles hilos emocionales.

No hay conflicto padre-hijo que no tenga una contrapartida mítica y una solución que no se halle reflejada en las narraciones míticas. Como por ejemplo, Tetis, la diosa madre que desea que su hijo sea divino como ella, en lugar de mortal como su padre, es también una imagen de una cierta actitud hacia el cuidado excesivo. Si una madre desea poseer a su hijo totalmente y no desea o no es capaz de compartir el amor de su hijo, pueden derivarse muchos problemas.

La expresión “el talón de Aquiles” tiene relación con las ideas arriba mencionadas y se remonta a la historia de Tetis, la gran diosa del mar. Gobernó sobre todo lo que se movía en sus profundidades, pero al llegar el tiempo de casarse, Zeus, el rey de los dioses, había recibido una profecía que le advertía de que si Tetis se casaba con un dios, tendría un hijo que sería más grande que el propio Zeus.

Preocupado por no perder su posición, Zeus casó a la diosa del mar con un hombre mortal llamado Peleo. Este matrimonio mixto no resultó mal y ambos se adaptaron con relativa facilidad aunque, a veces, Peleo se quejaba de los poderes sobrenaturales de su esposa, y ésta, a veces sentía que su casamiento no había estado a la altura de su condición. A su debido tiempo, Tetis tuvo un hijo a quien puso por nombre Aquiles.

Por ser hijo de padre mortal, también era mortal y la duración de su vida fue establecida por las Parcas, como ocurría con todos los seres mortales. Pero Tetis no estaba satisfecha con esta situación. Como era inmortal, no deseaba permanecer eternamente joven mientras veía a su hijo envejecer y morir. Así es que decidió llevarlo en secreto a la laguna Estigia, en cuyas aguas se halla el don de la inmortalidad.

Una vez allí, sostuvo al niño por un talón y lo sumergió en las aguas creyendo que de este modo lo haría inmortal. Pero el talón por donde lo había sujetado no tuvo contacto con el agua de la Estigia y, como consecuencia, el cuerpo de Aquiles quedó vulnerable en ese preciso lugar. Cuando alcanzó la edad adulta y tomó parte en la guerra de Troya, Aquiles recibió una herida mortal causada por una flecha en el talón. Aunque Aquiles alcanzó una gran gloria y fue recordado para siempre, Tetis no puso engañar a las Parcas ni convertir lo que es humano en sustancia divina.